EL OTOÑO DE LA MENTE: ENCONTAR EL SOL Y
VOLVER A ÍTACA
Llega cuando
entiendes, por fin, que el viaje más largo no se hace sumando kilómetros, sino
realojando los silencios que llevas dentro. Durante mucho tiempo hemos
confundido madurar con acumular cicatrices, como si vivir fuera resistir los
impactos de una tormenta tras otra. Pero el tiempo, con su rumor lento y
constante, nos enseña que la madurez no es la dureza de la piel, sino la
capacidad de deshacer los nudos sin desgarrar la cuerda. Curar las heridas
exige lo mismo que el otoño exige a la naturaleza: aceptar el vacío, dejar caer
lo que ya está muerto y confiar en que la tierra sabe exactamente qué hacer con
la desnudez.
Cambiar de
opinión ya no se siente como una derrota, sino como el mayor acto e generosidad
que podemos tener con nosotras mismas. Significa abrir las ventanas de una
habitación que llevaba demasiado tiempo cerrada y permitir que el presente
renueve el aire. Antes, la mente necesitaba certezas de hierro para sentirse
segura: ahora, en cambio, se agradece la flexibilidad del follaje que sabe
inclinarse con el viento sin romperse. El aprendizaje no consiste en acertarlo todo a la primera,
sino en saber mirar atrás con una ternura limpia, despojada de reproches,
reconociendo que la persona que cometió aquellos errores solo hacia lo que podía
con el mapa que tenía entonces.
Y en medio de
este refugio que empieza a consolidarse, la intuición reclama su lugar. Nos
susurra, con la voz serena de quien ya no tiene nada que demostrar, que las
nuevas formas de amar a veces no consisten en descubrir paisajes inéditos, sino
en mirar con ojos nuevos aquello que ya teníamos.
Revalorizar los
viejos amores no es un acto de nostalgia, sino de justicia poética con nuestro
pasado. Es darse cuenta, con una lucidez que solo otorga el tiempo, que aquel
amor que dejamos perder – o que no
supimos – ver era precisamente el refugio que necesitábamos. El mapa que
teníamos entonces estaba lleno de líneas difuminadas; hacía falta alejarnos
para valorar la calidez de la arena que habíamos pisado.
Hoy, en este presente
de otoño, la intuición nos hace girar la mirada atrás sin reproches, solo con
agradecimiento. Se da cuenta de que el
tesoro ya lo habíamos tenido entre las manos. Y tal vez la forma más madura de
amar ahora sea precisamente esta: tener
la valentía de cambiar de opinión, de deshacer el camino marinero y volver a
casa, no como quien se somete, sino como quien por fin entiende que la paz no
se encuentra en el exotismo de la lejanía, ni bajo el hechizo de unos brazos
que en realidad eran una trampa, sino en la certeza de redescubrir el mismo sol
en los ojos de siempre.




